Cuatro ojos de lectura

Historias sin sentido. Pensamientos ilógicos. Palabras banales. Llenando vacíos.

domingo, 13 de mayo de 2012

Hasta siempre, ídolo





Hoy fue un día especial en Milano.  Un partido, el final de la temporada y la despedida de muchos jugadores. Entre ellos, el goleador Filippo Inzaghi.

" Mi querido Milan, te dejo solo porque es la vida y porque ya es hora" comienza despidiendo el delantero mediante una carta. Este era su último encuentro, o mejor dicho sus últimos 20 minutos con la camiseta “rossonera” y la despedida no pudo ser mejor.   Seedorf asistió al delantero y este definió tras la salida del arquero para darle el triunfo al Milán, desatando el delirio de compañeros, hinchas y hasta dirigentes.  

 Pippo llegó en 2001 al elenco de Milano y estuvo hasta el día de hoy siendo “Diávolo”.   Más de diez años vistiendo la camiseta roja y negra. Mas de diez años gritando goles a mas no poder, solo como el lo sabe hacer.  Más de diez años consiguiendo títulos y metiéndose a los hinchas en el bolsillo.  Inzaghi fue, es y seguirá siendo un goleador de características singulares.  Era de esos que aparecía cuando tenía que aparecer, no era vistoso pero era goleador.  Nueve, nueve, como pocos. Hacía lo que tenía que hacer y punto.  Hasta tiene una frase que lo define, que la dijo nada más y nada menos que Franz Beckembauer, en tono critico,  en la final contra Liverpool “Inzaghi nació un paso adelantado”.  Ese día, el Milán se consagró campeón con dos goles de SuperPippo.

No hay nada más que decir, sólo agradecer por lo conseguido y brindado.  Fue una dicha poder ver a este monstruo del fútbol mundial.  Gracias Pippo, siempre te recordaré y siempre intentaré festejar los goles como vos.  Hasta siempre, ídolo. 



Por Javier Romero Ulic - @RomeroUlic

miércoles, 15 de febrero de 2012

Oscar

¡Ring ring! ¡Ring ring! – sonaba el despertador.  Eran las tres de la tarde y Oscar yacía en su cama sin ninguna motivación por levantarse.  No pensaba en nada, sólo quería seguir soñando o durmiendo, a veces no distinguía que era mejor, a veces no le importaba que fuera mejor. 
   El reloj marcó las cinco de la tarde y el desganado Oscar había decidido levantarse debido al constante dolor de espalda que tenía, se preparó un café y se sentó en el sillón del comedor.  Con ojos caídos, los pelos revueltos y las ganas de una tortuga, se fue a cambiar de ropa y salió de su casa a trabajar.  Su cara cambiaba totalmente cuando de su hogar se alejaba. Mantenía esas ganas peculiares de vivir pero en el rostro se le dibujaba una sonrisa muy contagiosa. 
 De aquí para allá de cinco a diez de la noche, el flaco joven con pelo negro iba y venía llevando papeles a diferentes empresarios. El trabajo de Oscar era un poco extraño, sin embargo a él le gustaba porque podía conocer distintos puntos de la ciudad.  Amaba viajar por su querida Miranda en su bicimoto. Oscar era feliz hasta que pisaba su casa y se volvía a sentir solo.
 Los días rutinarios del amable joven pasaban sin ningún hecho trascendente. Dormir, soñar, trabajo, esa rutina que tanto le gustaba iba a cambiar un 14 de Junio.  El día que presenció un hecho que terminaría con su vida como la conocía.
La infancia de Oscar había tenido hechos particulares. Varios de ellos eran razones por los cuales no le gustaba vivir en su casa.  Cuando apenas tenía tres años, su mamá murió en un accidente de auto producido por  un descuido de su padre y por si fuera esto poco, su papá no había podido soportar el hecho y a los ocho años, Oscar lo encontraría colgado del techo.   Ya sin padres, la custodia había quedado en mano de sus abuelos, quienes lo acompañaron y criaron en toda su juventud.  Oscar no era problemático pero era poco sociable, le gustaba leer y sólo pasaba el tiempo con la gente cuando era realmente necesario.  Hace dos años atras, mas precisamente, un 28 de febrero, Leticia y Osvaldo fallecieron producto de su vejez y Oscar quedó en soledad. A sus 23 años llegó la muerte de sus abuelos y con ella se llevaba la ultima pizca de felicidad del joven.
Aquella tarde del 14 de Junio, todo fue como siempre solía ser. Oscar se levantó con sus ganas de siempre, se preparó unos mates y salió rumbo al trabajo.  Allí todo parecía ser normal, iba y venía llevando papeles con su peculiar sonrisa.  El reloj marcó las nueve y en la hora de la cena su efe le encargó que llevase unos papeles a la calle América al 3000, a tan sólo cinco cuadras del trabajo.  Sin mucho que decir, Oscar resignó su comida y partió a la calle.  Tomó su bicicleta y con papeles en mano pedaleo hasta donde su destino quiso. En la Avenida Las Heras vio algo que lo detuvo.  Un hombre estaba tirado en la calle, las personas no lo ayudaban y el hombre gritaba y gritaba.  Tomó la decisión de acercarse y cuando tocó el hombro de aquel hombre, reconoció el rostro de su padre. Se hecho para atrás y cuando se recompuso, no había nadie en la calle.  Aterrado, decidió seguir y en la siguiente cuadra vio a una mujer correr por plena avenida, su cara siguió el rostro de la mujer y otra vez terminó asustado. Era su madre esta vez.  Oscar dejó su bicicleta, porque las piernas le temblaban y el tráfico era fatal. Entregó el papel en América al 3000 y volvió al trabajo.  Estaba perturbado y no sabía porque había visto esos rostros y porque ninguna persona se dio cuenta de sus presencias, ¿Eran realmente ellos? 

Por Javier Romero Ulic
Twitter: @RomeroUlic