Cuando no alcanza el amor que ofrecés
y peleás una causa perdida
el amor se transforma en herida
que no cierra, y que no deja ver
Y ceder en la apuesta es tan duro
sin apuro y sin pausa empezás a perder.
(Los Piojos)
Cuatro ojos de lectura
Historias sin sentido. Pensamientos ilógicos. Palabras banales. Llenando vacíos.
viernes, 22 de noviembre de 2013
martes, 8 de octubre de 2013
Un loco y un laberinto
Suelo escuchar, suelo leer y a veces, hasta suelo
preguntarme porque toda la gente dice que conoce gente loca y/o que el/ella está
loco. ¿Qué es la locura? No sé, pero lo que si sé es que yo no conocí ningún
loco todavía. Porque, el loco, no sabe
donde está. No sabe quien es, no es coherente. Yo conozco gente coherente, que no rompe
esquemas, que no sale de su rutina y de su vida depresiva. Porque una rutina es depresiva, a largo
plazo. Y la gente que yo conozco, incluyéndome,
es rutinaria. Ninguna locura les vi
hacer, ninguna incoherencia les oí decir.
Por eso, me gustaría conocer a un loco/a.
Me gustaría, además que ese loco, no diga que está loco. Si
no, que no lo sepa. Que su locura me
haga, nos haga, pensar que realmente no es cuerdo. Me encantaría conocer a esa persona que me
saqué de donde estoy y me muestre algo diferente a lo que ya conozco, a lo que
ya soy, a lo que ya hago. Que, con su
locura o como se llame eso, me haga reír, me haga sentir miedo, me haga sentir
incomodo, me lleve de aventuras y otras cosas más. Me muestre cosas que no sabía que existían o
simplemente me diga incoherencias.
Hay que darse cuenta, que a este mundo le faltan locos. Los locos no dicen que estan locos y los que
conocen locos, no andan diciendo que los conocen. Pues, si lo dijeran sería difícil no pensar
que son normales. ¿Dónde están los
locos? ¡Adonde se metieron! ¿O será que son una raza en extinción? Quien sabe,
lo cierto es que son difíciles de encontrar. O por lo menos para mí, porque parece que para
los demás es tan fácil como encontrar un edificio por la 25 de Mayo. Basta de rutinas, basta de gente normal,
necesitamos a quien nos sacuda la cabeza y nos muestre que la vida no es un
circulo donde siempre volves a un mismo lugar, que nos muestre que la vida no
es un cuadrado en el cual estás encerrado y no tenes salida. Necesitamos que nos muestren que la vida es un
laberinto con miles de formas divertidas, tristes, interesantes y hasta
escalofriantes de llegar a la meta final. Eso necesitamos, un loco y un laberinto. Si alguien conoce al loco o sabe donde está
el laberinto, por favor que nos avise.
lunes, 7 de octubre de 2013
Carta de una Pared
¿Qué culpa tengo yo, de que no haya justicia? Por que razón
yo siempre sufro las consecuencias de los vándalos que se expresan a través de
mi. Dios le dio a ellos la habilidad de
razonar, hablar, moverse y muchas cosas más. A mi, que sólo soy una creación del ser
humano, Dios me dio la fortaleza de aguantar todo lo que venga. Pero a veces estoy sensible, y una cosa es que me pinte la cara y el
cuerpo un artista. Ese artista que me
llena de colores y me pone algún que otro pintoresco dibujo que muy pocos
entienden. O una que otra frase con letras inentendibles. Pero que venga una banda y sin piedad
maltrate mi cuerpo, no tiene sentido.
La culpa no la tengo yo.
Y no es la forma de expresarse porque yo no hablo por ustedes. Vaya señor a pintar otras cosas, pinté un
papel que a ellos los hicieron para ser escritos. Vaya pinte en otro lado,
porque no va a haber justicia con sólo dañar mi ser. Asi que le pido encarecidamente a usted y a
todos: no soy un vocero, no pidan justicia, no pidan amor, no pidan perdón. Si
quieren todo eso, usen la cabeza y luego ejecuten con la boca. Desde ya, muchas gracias.
Atte: Una Pared.
domingo, 29 de septiembre de 2013
Sonrisa
Entonces en medio de esas caras desconocidas, cubiertas de
luces y sombras, te vi. Me enamoré y ni
siquiera me pude acercar para saber tu nombre o escuchar tu voz. Ahí estaba yo, tan cerca y tan lejos de ti. Me separaban dos, tres, cuatro vasos de
vodka, o quizás uno o dos de whisky, no lo sé. Pero ahí estaba yo, con la mirada perdida en
tu sonrisa, admirando tu graciosa forma de bailar, tratando de descifrar que
era ese “no se qué” que todos dicen que tenes o que ves cuando te
enamoras. Ahí estaba yo, a tres temas
de distancia tuyo, y a la vez a mil silencios lejos de vos.
Tu sonrisa no la olvido más. Era una de esas sonrisas naturales, que
enamoran pero que a la vez no te das cuenta que lo hacen. Tu sonrisa era perfecta y yo la disfrutaba
mientras sonaba algún tema de rock que en estos momentos no suelo recordar. Miles de caras había y yo me fui a topar con
la tuya, en medio de la oscuridad. De
esa noche en que te conocí, no recuerdo muchas cosas. Recuerdo que no quería ir a ese boliche,
recuerdo que me sentía triste, solo y amargado. También me acuerdo que sólo quería
emborracharme para tomar coraje y hacer algo con otra chica que me gustaba. Porque, debo decirte, que soy cobarde. No lo voy a negar, tímido y cobarde. Pero ese día, quería dejar de serlo, no con
vos (porque claro, no te conocía) sino con otra chica. De esa chica si me acuerdo, tenía muchas cosas
que no me gustaban pero igual yo me convencía de que si era para mi. Esa noche, ni me acerqué a ella. No hace falta explicar porque, simplemente el
destino o quizás yo. Si, yo, yo soy el
culpable de que me pasen las cosas que me pasan, pero nada me importó cuando te
vi.
Te movías muy femeninamente, pero a la vez no. Era algo como forzado, pero a la vez no. Me acuerdo que tu pierna izquierda era mucho
menos hábil que la derecha, bailabas rodeada de tus amigas. Pero vos no eras así,
vos no te destacabas entre esas chicas producidas hasta parecer payasos
andantes. Vos no querías ser como ellas,
vos no estabas para ir y encontrar con quien pasar la noche. Vos estabas ahí para divertirte. No para olvidar penas, o lo difícil que es la
vida como yo. Vos estabas para disfrutar
de las pequeñas cosas y yo, te juro que yo, no se ni porque estaba allí. Pero te
vi ¿no?, te vi y por un momento te sentí mía. Creo que me lanzaste una mirada seductora
acompañada de una sonrisa pícara. O quizá ese pensamiento fue un sueño, un
deseo, una ilusión, realmente no recuerdo nada de esa noche. Excepto tu sonrisa y una vaga imagen tuya en
mi cabeza diciendo – ¿Estás bien?-.
lunes, 29 de julio de 2013
Rebecca
Armó la valija y un martes me dejó. Su partida no tuvo sentido, o por lo menos
yo no lo encontré. El lunes a la
madrugada tuvimos una noche especial, de esas que solíamos tener en escasas
ocasiones debido a nuestros deberes con la sociedad. Comimos algo y fuimos a la cama
temprano. Hicimos el amor despacio
y dormimos con calma. Abrazados y ocultándonos del frío bajo nuestras sábanas. La sentí mia, más que cualquier día, me sentí de ella más que en cualquier oportunidad. Jamás se me ocurrió pensar que esa sería la ultima vez. La calidez de esa noche desapareció casi como si fuera una ilusión. Cuando abrí los ojos y vi el placard vacío la preocupación me inundó el alma. Bajé las escaleras rápidamente, como un niño esperando buscando sus regalos de navidad, casi sin cambiarme. Ella no estaba. Recorrí con la mirada la pequeña casa hasta que finalmente la vi. Parada
frente a la puerta, esperaba un taxi en medio de una llovizna incesante. Una adrenalina inusual o quizás la angustia recorrió todo mi cuerpo. Fui lo mas rápido que pude a hacía esa puerta. Como un tonto siendo presa de los nervios, me equivocaba en cada llave que ponía y me maldecía sin saber porque portaba tantas llaves. Cuando finalmente lo logré, sólo pude gritar su nombre y una pregunta - ¿Hasta cuando, Rebecca? - Ella me miró con sus ojos verdes llenos de
lágrimas. Apagados y oscuros. No obtuve respuesta y mi boca no pudo formular una palabra. Vi ese auto arrancar e irse cada vez más lejos, mientras la gotas golpeaban cada centímetro de mi alma.
El taxi se la llevó sin que pudiera interceptarla. La
angustia en mi pecho creció mientras la desesperación se apoderó de mi a paso lento. Di con el contestador en cada intentó y dos horas después, me di por vencido, dando por sentado que llamarla y esperar que me conteste, era lo mismo que intentar resucitar un muerto. Me tiré en mi cama y me hundí en la almohada.
Puse a todo volumen “Peor es nada” de Los Rodriguez, cerré los ojos y me metí
de lleno en mis sueños. Me desperté en la madrugada del día siguiente. La angustia y la
desesperación se calmaron, sin embargo un viejo sentimiento volvió a
mi. La
tristeza, esa amiga que no queremos tener, llegó para quedarse una vez más. Busqué alguna explicación o más que
explicación, una señal que me de algún indicio de porque la persona que yo
amaé se marchó sin suerte alguna. Aunque, debo admitir que, esa búsqueda lo único que hizo fue recordarme lo grande que es esta casa
sin ella. Me volví a tirar en ese colchón que me resultó mas cómodo que de costumbre. Acostado boca arriba, cerré los ojos y la música empezó a sonar. - Hasta luego amor, hasta luego nuevo amor ... - ♫
Por Javier Romero Ulic
miércoles, 3 de abril de 2013
Vals de plaza
Era de noche y caminaba tranquilo por una ciudad que no poseía muchos habitantes. Muy abrigado, producto de ese frío otoñal, que te avisa que el invierno esta por llegar y con una mirada perdida navegaba por esas calles esperando llegar a mi destino. La ciudad estaba demasiado tranquila y no había esa clásica contaminación auditivita que tanto la caracterizaba. Ni mucho menos esa gente que vive corriendo y no sabe para donde va. Esas personas que son parte del relleno cotidiano de este lugar en el mundo.
Era una noche como cualquier otra, volvía de hacer
unas tareas y no pensaba en nada. O
quizá reflexionaba sobre mi vida y todas esas cosas que, cuando se está solo y
hace frío, uno se pone a pensar. La caminata era agradable y disfrutaba de cada
viento fresco que golpeaba mi cara.
Suspiraba cada vez que me acercaba a mi destino y deseaba pronto estar
en casa. En ese trayecto, me hundí en
mis pensamientos hasta que algo llamó mi atención. Junto a una plaza, había un auto estacionado
con la música alta. Una melodía poco
moderna y obviamente lejana a está época.
Por curiosidad me cruce de vereda y a medida que me fui acercando,
descubrí algo fascinante. A la par de
ese coche, había una pareja de ancianos.
Quizá exagero con la palabra pero seguro ellos promediaban los 60 años
de edad, tal vez un poco más. El
hombre, un poco alto con chaleco y camisa. Era canoso y con medio pelado. La mujer, de baja estatura y con un pelo
castaño que le llegaba hasta las caderas,
tenía perdida su mirada en él y una sonrisa se dibujaba en su rostro.
Estaban parados hablando y de repente, el hombre se inclinó y la invitó a bailar. Ella lo miró, sonrió y medio avergonzada, medio sorprendida, aceptó. Él tomó su mano y en forma de vals, se movieron de un lado al otro. Al compás de la música se pusieron a bailar en esa noche que sólo traía tristezas. Le dieron un poco de color a un día que parecía terminar gris y un poco de calor a las personas que pasaron por ahí.
Por Javier Romero Ulic - @RomeroUlic
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