Cuatro ojos de lectura

Historias sin sentido. Pensamientos ilógicos. Palabras banales. Llenando vacíos.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Joaquin



Joaquín era un muchacho introvertido, raro y callado.  Decía lo justo y necesario. No expresaba emociones, era prácticamente una utopía verlo enojado o feliz.  Se llevaba bien con todo el mundo y todo el mundo lo quería.   Sin embargo, era de las personas que no se involucraba demasiado en la sociedad.

Así era Joaquín, un chico que disfrutaba de escuchar música y quedarse en casa.  Que de vez en cuando conversaba con extraños y sobretodo se ponía de muy buen humor al escuchar anécdotas banales en cualquier lugar y a cualquier hora.  Cuentos o historias de Mujeres, fiestas, amigos, o un simple hecho, eso lo divertía.  Lo divertía a tal punto que ni siquiera necesitaba hablar, se sentía en su zona de confort.  Escuchar a las personas era lo suyo.

Joaquín tenía sentimientos encontrados.  Su mente era crítica en todo momento, trabajaba como un reloj las 24 hs del día.  Iba y venia con pensamientos sobre todo lo que pasaba pero ninguno de esos pensamientos salían a la luz. Nacían y morían dentro de él.  Joaquín también era terco.  El pensaba que tenía la razón y cuando sabia que no la tenía, sacarle una disculpa era como intentar tocar el cielo con las manos. Algo Imposible.

En esa ciudad de locura que estaba dentro de la cabeza del hombre, habitaba una sola persona. Su nombre variaba según la situación.  Un día era luz y al otro, Micaela.  Una vez se vistió de Carolina y otras veces hizo de Florencia.  Ella era la única protagonista en ese cóctel que se mezclaba constantemente en el cerebro de Joaquín.

Ella era especial y él lo sabía.  Era producto de esos pensamientos que nunca salen, de esas palabras nunca dichas, de esas situaciones nunca concretadas.  Joaquín se procesaba por dentro y por fuera si lo analizabas con atención, parecía miserable.  Acumulaba pensamientos, palabras, sentimientos y nunca se los sacaba.  Se guardaba odios y rencores, se guardó amor y se sometió al olvido, para sentirse mejor.  Se llenó de frustración.

Un día pasó lo que tenía que pasar. Joaquín explotó y no tuvo nadie que lo detenga, ni contenga. Estalló como Hiroshima y no sobrevivió nadie.  Se sacó todo, en el peor lugar y momento posible.  Vació esa ciudad de pensamientos y la convirtió en una película de terror.  Recibió todo tipo de golpes, quedó knock out y cuando tomó consciencia se arrepintió.  

Al día siguiente despertó con su personalidad potenciada, como un efecto rebote, todo lo que salió, volvió a entrar y mas pesado que nunca. ¡Mierda! – pensó y seguido de eso, escuchó su celular. Un mensaje de texto, a las 13:47 del día 27 de Noviembre.  Con un ojo cerrado y el otro semiabierto leyó: ¿Estás bien Joaquín? Soy Catalina.  Él sonrió y se permitió ser feliz un instante.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Rock y luces



Lo que él recuerda son sus piernas bailando al compás de Chuck.  Lo que él recuerda es la energía del ambiente, la sonrisa en su boca y sus ojos cerrados.  Ni sabe como se llamaba, ni siquiera necesitó preguntarle.   Anonadado por sus movimientos, se mimetizó con ella y juntos parecían Johnny y June. 

Luego Elvis los transportó a otro lugar mágico donde nadie había podido llegar.  La música sonaba, ella bailaba, él con sus pasos graciosos la seguía con la mirada y como un adicto se enfocó en esa cintura que iba y venia.

El rock les dio un tiempo para hablarse, pero ellos decidieron besarse y aumentar su locura.  Ella lo agarró de la cabeza suavemente, él tocó su cintura y sus manos acompañaban el ritmo de ese cuerpo lleno de buena vibra.  Los minutos parecían horas y las horas días, los temas pasaban ya sin importar y ellos dos seguían ahí, entre la multitud bailando un vals lleno de pasión.   


Sus cuerpos se pegaban y se separaban. Se tomaban de las manos y se soltaban. Veían los flashes de la noche, las luces locas que los iluminaban y de vez en cuando, se permitían una mirada seductora. Verlos era una manifestación muy hermosa de cómo dos personas conectadas por el ritmo de la música tenian la necesidad de sentirse el uno al otro. O en otras palabras, era magia.

El clímax llegó con “start me up” y fue ahí cuando ella ganó la guerra.  Levantó las manos, se agarró la cabeza y dejó que él la persiga con la mirada.  Sin dudas, el muchacho se rindió ante tanto encanto y sólo supo hacer una sola cosa.  Se acercó lentamente y la besó.  Apagó el fuego con más fuego y ella no se resistió.  

Las luces se prendieron y todo terminó. No hacía falta seguir, se miraron por última vez y sonrieron cómplices del rock.