Era una noche como cualquier otra, volvía de hacer
unas tareas y no pensaba en nada. O
quizá reflexionaba sobre mi vida y todas esas cosas que, cuando se está solo y
hace frío, uno se pone a pensar. La caminata era agradable y disfrutaba de cada
viento fresco que golpeaba mi cara.
Suspiraba cada vez que me acercaba a mi destino y deseaba pronto estar
en casa. En ese trayecto, me hundí en
mis pensamientos hasta que algo llamó mi atención. Junto a una plaza, había un auto estacionado
con la música alta. Una melodía poco
moderna y obviamente lejana a está época.
Por curiosidad me cruce de vereda y a medida que me fui acercando,
descubrí algo fascinante. A la par de
ese coche, había una pareja de ancianos.
Quizá exagero con la palabra pero seguro ellos promediaban los 60 años
de edad, tal vez un poco más. El
hombre, un poco alto con chaleco y camisa. Era canoso y con medio pelado. La mujer, de baja estatura y con un pelo
castaño que le llegaba hasta las caderas,
tenía perdida su mirada en él y una sonrisa se dibujaba en su rostro.