Cuatro ojos de lectura

Historias sin sentido. Pensamientos ilógicos. Palabras banales. Llenando vacíos.

lunes, 18 de abril de 2011

El triste gol

Está historia no habla de grandes logros, ni de finales felices ni mucho menos de alcanzar sueños. Esta historia es sobre una promesa que solo fue promesa.

Érase los 80, para ser más preciso, 1987.  En un rincón del mundo nacía una promesa futbolística.  Con 17 años, Tristan Scheuermann debutó en la primera del Deportivo Ocaranza. Club con pocos recursos en la Republica del Líbano.  El joven de pelo castaño y ojos azules era la gran promesa de su equipo para llegar a la divisional mayor. Sutileza, agilidad y velocidad eran algunas de las características que tenía este humilde chico.

Ambidiestro, enganche natural y con una pegada digna de un Dios, hacía estragos en áreas rivales. Su equipo marchaba segundo, a un punto del liderazgo en la divisional menor. Faltaba una fecha y debía enfrentarse al puntero, el Sportivo Wanchas. Nunca había logrado vencer al terrible Wanchas que, para colmo de males marchaba invicto en el torneo y sin goles en contra, una verdadera maquina de fútbol.

La fé de los aficionados, de los dirigentes y hasta de los mismos jugadores era inmensa, pues claro este año tenían con que batallar. Scheuermann era el centro de todas las miradas, de todos los elogios y de casi todo el pueblito Ocarence.  Era la primera vez que un equipo del interior del país llegaría a la divisional mayor.  La motivación era inexplicable.

La semana previa al encuentro, los simpatizantes llenaron la cancha todos los días que entrenaba el equipo. El mini – centro del pueblo estaba cubierto de carteles y pancartas en apoyo al equipo y hasta el Alcalde de la ciudad había declarado feriado el día Domingo para que todos pudieran ver al gran Ocaranza.  Los días se hacían cortos y la ansiedad crecía entre la gente.

Entrevistas, regalos, autógrafos y un montón de infinidades recibía el querido Tristan del pueblo.  El gran Diez, que algunos hasta llegaron a comparar con el astro argentino Diezgol Maladroga, no tenia tiempo ni para estar en su casa. Todo era lujuria y belleza al lado de este jugador, quien nunca perdió su humildad.

Finalmente llegó el gran día ante el Wanchas, la ciudad estaba paralizada. No había personas en las calles, todas frente al televisor, los preparativos de la fiesta estaban listos, esperarían que los jugadores volvieran del Wancha Stadium para recibirlos con muchos elogios y sonrisas.

17 horas, el equipo salió a la cancha ovacionado por un puñado de hinchas que habían logrado llegar al estadio de la capital libanesa. El técnico escocés William Stranz había parado el clásico 4-3-1-2 para vencer al Wanchas.  El árbitro dio el silbatazo inicial y el sueño de un pueblo se puso en marcha.

El Wanchas dominó de entrada el partido y con una gran ofensiva puso al Ocaranza sobre su propio campo. El arquero estaba en su día: descolgaba cada centro y tapaba cada tiro que amenazaba su meta.   El tiempo pasaba lentamente y los minutos se hacían segundos, el avance de los capitalinos no parecía tener fin.  Luego de lo que pareció una eternidad, el árbitro finalizó el primer tiempo, o mejor dicho el bombardeo del local.

Ustedes se preguntarán ¿Y Scheuermann?, porque no lo nombró hasta ahora dirán. Bueno resulta que el “10”  se encontraba en el banco. Un problema en el corazón solo le permitía jugar 45 minutos sin excederse. Este sería su último partido en el banco ya que habían encontrado una cura. El chico viajaría a España para operarse y ponerle fin a su terrible enfermedad.

 En tanto el juego del Ocaranza consistía en aguantar el cero en su arco para que luego el joven maravilla los lleve al triunfo. El técnico escocés estaba contento con lo realizado y estaba listo para darle batalla a su mayor enemigo.  El pueblo estaba expectante y cuando la transmisión de la TV libanesa volvió, vieron a su ídolo.

Tristan estaba parado junto a la línea de cal, aguardando que el hombre de negro le diera la orden de ingresar al campo de juego, al verde césped que tanto lo alegraba.  Dio comienzo la segunda etapa y la actitud de los pueblerinos fue distinta. Mucha confianza y garra para conseguir el triunfo.  El ídolo del pueblo era marcado por dos Schiavis y un Laspada, cada vez que tocaba el balón recibía algún golpe de parte de los defensas. No podía moverse mucho, ni hacer las maravillas que sabia hacer.

Poco a poco esa confianza con la que entraron a jugar el segundo tiempo se perdió y el ataque del poderoso Wanchas volvía a aparecer, el arquero seguía en su mejor momento y lograba evitar la caída de su valla en cada ataque del elenco rival.  El tiempo se agotaba y el triunfo parecía lejano. El 0 a 0 se hacia inamovible y los habitantes del pueblo perdían poco a poco el brillo en sus ojos y la sonrisa de sus caras.

El juez ya había levantado su mano señalando dos minutos más, se acababa el partido.  Corner para el Wanchas, centro que rapidamente descolgó el portero, el esférico le cayó al defensa alemán Metzses, quien despejó como Germán Noce. La pelota fue a parar al círculo central donde se encontraba el chiquitín maravilla, solo contra dos defensas (un Schiavi y un Laspada). Tristan gambeteó a uno y arrancó con su velocidad,  dejó a otro desparramado por el suelo y se encaminó hacia la portería rival.  La gente se paró en casa, el brillo de sus ojos volvió y esa sonrisa de desesperación y fé  se hacía cada vez más grande.  El rubio piso el área rival y con un sombrerito sobre el arquero hizo delirar a todo una población.  La pelota entró en cámara lenta y acarició la red de una manera tal que hasta por televisión se podía escuchar ese bello sonido. El pueblo era alegría pura.

Entró la pelota y el árbitro decretó el final. Scheuermann quedó tendido en el suelo tras la barrida del arquero y no se levantó. Nadie se había dado cuenta, el chico no se levantó.  La alegría era inmensa, sus compañeros se abrazaban y juntos fueron al lugar donde se encontraba su héroe. El joven enganche,  yacía desplomado en el verde césped con una gran sonrisa. Nunca nadie se dio cuenta que ya habían pasado los 45 minutos.

Una promesa que solo fue promesa, un gol que valió la alegría. Hoy en día muchas personas  todavía recuerdan al querido Tristan,  lo recuerdan como el gol más triste de sus vidas.

*   Este cuento fue realizado en treinta minutos, una locura mía.  Perdón por los errores ortográficos y de repetición. Atte: Javier Romero Ulic    

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